La contaminación acústica no mata de inmediato, pero erosiona silenciosamente la capacidad de la especie para sobrevivir.

Los gritos desesperados de los calderones para hacerse oír. Los calderones comunes (Globicephala melas) del Estrecho de Gibraltar elevan el volumen de sus llamadas hasta el límite biológico para hacerse oír sobre el estruendo de los barcos.

Sin embargo, sus vocalizaciones más cruciales (las que utilizan para reunirse tras inmersiones profundas) ya están al máximo y no pueden subir más. La contaminación acústica no mata de inmediato, pero erosiona silenciosamente la capacidad de la especie para sobrevivir.

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Los gritos desesperados de los calderones para hacerse oír

Más de 60.000 buques cruzan cada año el Estrecho de Gibraltar, una de las arterias marítimas más transitadas del planeta y, a la vez, el hogar de una población crítica de apenas 250 calderones comunes.

En este corredor de apenas 14 kilómetros de anchura entre Europa y África, los motores de los mercantes generan un ruido submarino comparable al de una aspiradora industrial.

Ahora, un equipo científico internacional ha confirmado lo que muchos sospechaban: estos cetáceos, los calderones comunes están alzando la voz para no quedarse en silencio. Pero el grito tiene límite.

El Estrecho de Gibraltar no es solo un punto geográfico estratégico entre el Mediterráneo y el Atlántico. Además del intenso tráfico mercante, por sus aguas circulan a diario los ferris que comunican España con Marruecos y numerosas embarcaciones de avistamiento de cetáceos.

En consecuencia, los mamíferos marinos que habitan esta franja deben sortear continuamente buques de gran tonelaje mientras intentan cazar, reproducirse y criar a sus ballenatos.

Para los calderones comunes (Globicephala melas), una especie de gran delfín oceánico de cuerpo robusto y aletas largas, el problema no es solo físico, sino acústico.

Estos cetáceos se comunican mediante un repertorio complejo de silbidos y chasquidos, y dependen del sonido para coordinar al grupo, localizar presas y reencontrarse tras inmersiones profundas en busca de calamares. Por tanto, cualquier alteración del paisaje sonoro submarino tiene consecuencias directas sobre su supervivencia.

23 calderones, grabadoras y un buque de investigación

Entre 2012 y 2015, el equipo dirigido por Frants Jensen, de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), realizó campañas a bordo del buque de investigación Elsa.

Mediante una pértiga de seis metros, los investigadores colocaron grabadores acústicos con ventosa en el lomo de 23 calderones. Cada dispositivo registraba la profundidad, el movimiento del animal y el sonido submarino durante 24 horas; después, se desprendía y emergía a la superficie para ser recuperado.

De vuelta al laboratorio, el reto era titánico: identificar quién emitía cada sonido, qué clase de llamada era y qué hacía el animal en ese momento.

Tras analizar 1.432 vocalizaciones, el equipo internacional —que incluye investigadores de España, Portugal, Reino Unido y Estados Unidos— clasificó las llamadas en cuatro categorías: de baja frecuencia, de pulsos cortos, de alta frecuencia y de dos componentes.

Las dos primeras categorías, según los autores, viajan más lejos bajo el agua y resultan clave para mantener la cohesión del grupo y reagrupar a la manada después de bucear en las profundidades.

La contaminación acústica no mata de inmediato, pero erosiona silenciosamente la capacidad de la especie para sobrevivir.
Estos cetáceos se comunican mediante silbidos y chasquidos, y dependen del sonido para coordinar al grupo, localizar presas y reencontrarse tras inmersiones profundas en busca de calamares. Cualquier alteración del paisaje sonoro submarino tiene consecuencias directas sobre su supervivencia.

Durante las grabaciones, el ruido de fondo en el Estrecho osciló entre los 79 y los 144 decibelios.

Para hacernos una idea, la franja inferior equivale al murmullo de un restaurante concurrido, mientras que la superior se asemeja al sonido de una aspiradora encendida pegada al oído. Esta es la banda sonora cotidiana en la que los calderones tienen que entenderse.

Ante semejante ruido, los calderones recurren a una estrategia bien conocida en biología acústica: el efecto Lombard. Es decir, suben el volumen de su voz cuanto más ruidoso es el entorno, exactamente como hacemos los humanos cuando elevamos el tono en una cafetería ruidosa.

Los investigadores midieron llamadas de los animales en un rango de entre 94 y 160 decibelios. Sin embargo, ese ajuste no es ilimitado.

Aquí está la clave del estudio. Los calderones pueden elevar el volumen de algunas de sus llamadas más suaves (las de alta frecuencia y las de pulsos cortos) para sobreponerse al ruido.

No obstante, las llamadas de baja frecuencia y las de dos componentes —precisamente las que más lejos viajan y resultan más útiles para reunirse con la manada— ya se emiten al máximo de su capacidad física. En otras palabras, los animales han topado con un techo biológico que no pueden superar por mucho que lo intenten.

«El aumento del ruido reduce el alcance efectivo de la comunicación», advierte Frants Jensen, coautor del trabajo. Traducido al terreno práctico: dos calderones que antes podían oírse a kilómetros de distancia hoy necesitan estar prácticamente uno al lado del otro para mantener el contacto vocal.

Las consecuencias de esta merma comunicativa son potencialmente devastadoras. Los calderones realizan inmersiones profundas para alimentarse y, al emerger, dependen de sus llamadas más sonoras para reencontrar al grupo.

Si el ruido ambiental enmascara esas vocalizaciones, madres y crías pueden separarse, los individuos pueden desorientarse y la coordinación del banco se rompe.

Asimismo, en un contexto donde la subpoblación del Estrecho cuenta con apenas 250 ejemplares —catalogada en estado crítico—, la dificultad para localizar pareja entre distintos grupos compromete la viabilidad reproductiva a medio plazo.

En definitiva, la contaminación acústica no mata de inmediato, pero erosiona silenciosamente la capacidad de la especie para sobrevivir.

La contaminación acústica no mata de inmediato, pero erosiona silenciosamente la capacidad de la especie para sobrevivir.
Los gritos desesperados de los calderones en el Estrecho de Gibraltar – Infografía IA.

Implicaciones para la gestión del ruido marino

Los resultados, publicados en Journal of Experimental Biology, refuerzan la idea de que la contaminación acústica submarina debe tratarse como un contaminante a todos los efectos, equiparable a los químicos o a los plásticos. Por consiguiente, las administraciones públicas y los organismos internacionales tienen herramientas a su alcance:

  • Establecer límites obligatorios de emisión acústica para los buques mercantes, en línea con las directrices voluntarias revisadas por la Organización Marítima Internacional (OMI).
  • Promover tecnologías de propulsión más silenciosas (hélices optimizadas, mantenimiento de cascos, reducción de velocidad).
  • Crear corredores acústicos protegidos y zonas de exclusión temporal en hábitats críticos como el Estrecho de Gibraltar.
  • Reforzar el seguimiento bioacústico continuo para evaluar el impacto real sobre las poblaciones de cetáceos.
  • Integrar el ruido submarino en las evaluaciones de impacto ambiental de las rutas marítimas y los proyectos portuarios.

En este sentido, el estudio aporta un argumento científico sólido para que organizaciones conservacionistas, gestores ambientales y responsables políticos prioricen el ruido como amenaza estructural sobre la biodiversidad marina, y no como un problema secundario.

Aunque la investigación se centra en una única población, el mensaje es extrapolable. Especies tan diversas como las ballenas francas, los delfines costeros o los peces que dependen del sonido para reproducirse muestran señales de estrés cuando el océano se vuelve ruidoso.

Por tanto, bajar el volumen del mar no es solo una cuestión de bienestar para los calderones del Estrecho: es una medida estratégica para preservar la salud de los ecosistemas marinos en su conjunto.

Mientras tanto, los calderones del Estrecho siguen gritando. Y, según el estudio, lo hacen porque no les queda otra. Quizá ha llegado el momento de que seamos nosotros quienes bajemos la voz.

Fuente

  • Equipo investigador: Estudio internacional liderado por Milou Hegeman y Frants Jensen, de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), junto a investigadores de España, Portugal, Reino Unido y Estados Unidos.
  • Publicación: Journal of Experimental Biology (The Company of Biologists). Artículo de divulgación firmado por Jarren Kay.
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Preguntas y respuestas sobre los calderones y el ruido del tráfico marítimo

Porque el ruido del tráfico marítimo enmascara sus vocalizaciones. Los calderones aplican el llamado efecto Lombard y elevan el volumen de sus llamadas a medida que aumenta el ruido de fondo para seguir comunicándose con su grupo.

Es la respuesta involuntaria que consiste en hablar más alto y con mayor claridad en entornos ruidosos. Se ha documentado en humanos y en numerosas especies animales, incluidos varios cetáceos.

Las llamadas registradas durante el estudio oscilaron entre 94 y 160 decibelios. No obstante, las llamadas de baja frecuencia y las de dos componentes —las que viajan más lejos— ya se emiten al máximo nivel, por lo que no pueden hacerse más sonoras.

Porque las llamadas que los calderones no pueden elevar son precisamente las que utilizan para reagruparse tras inmersiones profundas y para encontrar pareja entre distintas manadas. La subpoblación del Estrecho cuenta con apenas 250 ejemplares y está catalogada en peligro crítico.

Entre 79 y 144 decibelios de ruido de fondo, según las grabaciones del estudio. Esa franja va del bullicio de un restaurante concurrido al sonido de una aspiradora industrial.

Las soluciones más efectivas pasan por limitar las emisiones acústicas de los buques, reducir su velocidad, mejorar la tecnología de las hélices, establecer zonas de exclusión en hábitats sensibles y reforzar la regulación internacional a través de la Organización Marítima Internacional.

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