¿Por qué una etapa que suele asociarse con la plenitud también puede convertirse en una de las más estresantes de la vida?

Entre los 20 y los 40 años se concentran algunas de las decisiones más importantes del desarrollo humano. Aunque suele percibirse como una etapa de crecimiento y oportunidades, también representa un período de elevada vulnerabilidad al estrés cuando las demandas superan los recursos personales para afrontarlas.

Comprender cómo influye el estrés durante la adultez joven resulta fundamental, ya que muchas de las conductas, hábitos y respuestas emocionales que se consolidan en estos años tendrán un impacto directo sobre la salud física y mental en las décadas siguientes.

Más información profesional de la mano de la Dra. Verónica Morín Apela, autora del libro Vivir con Estrés, editado por Barker Books.

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Estrés como factor determinante en cada ciclo vital (4)

Estrés en el adulto joven (20 a los 40 años)

Dra. Verónica Morín

La adultez joven comprende, de forma general, el período entre los 20 y los 40 años. Se caracteriza por la consolidación de la autonomía, el fortalecimiento de la identidad, el desarrollo profesional y la construcción de proyectos personales y familiares. Es una etapa de importantes oportunidades de crecimiento, pero también de grandes exigencias emocionales, sociales y laborales.

Según Papalia et al., (2013), el periodo vital llamado del adulto joven oscila entre los 25 y 40 o 45 años, la transición entre la adolescencia y la vida adulta se conoce como fase de adulto emergente y se presenta entre los 20 y 25 años de edad (Papalia, et al., 2013; Marzana, Pérez-Acosta, Marta y González, 2010).

En este sentido, el periodo de la adultez emergente, implica asumir responsabilidades personales de autorrealización, búsqueda de autonomía e independencia, a nivel personal, social, familiar y económico (Marzana, et al., 2010).

Teniendo en cuenta que, en este momento, las personas inician a tomar decisiones de su quehacer en función de su desarrollo personal, profesional y familiar, las situaciones estresantes pueden provenir de situaciones externas (Hernández y Romero, 2010).

Doctora Verónica Morín, autora del libro Vivir con estrés.

Muchas personas asocian el estrés únicamente con acontecimientos negativos. Sin embargo, también puede aparecer durante experiencias positivas cuando estas implican procesos de adaptación.

Conseguir un empleo, independizarse, comenzar una convivencia, asumir un nuevo cargo o convertirse en madre o padre son acontecimientos deseados que, al mismo tiempo, exigen una importante capacidad de ajuste físico y emocional.

En la esfera personal, las situaciones desencadenantes de estrés están relacionadas con los cambios en las redes de apoyo social y familiar y la adaptación a nuevos entornos (García-Ros, et al., 2012), pudiendo afectar leve o gravemente según la percepción que tenga de ellos.

Por este motivo, en la adultez se pueden identificar casos de trastornos depresivos, inducidos por el estrés crónico, con el riesgo de sufrir afecciones de salud derivadas que se incrementan en esta etapa vital (Pardo y Núñez, 2008; Trucco, 2002).

Hernández y Romero (2010) señalan que los eventos estresantes en la vida adulta son de cualquier índole, siempre y cuando influyan directamente en el entorno de la persona, ya sean eventos vitales como:

  • fallecimiento de familiares significativos,
  • cambio de la institución escolar,
  • fracaso académico,
  • casamiento o la muerte de alguno de los padres,
  • paternidad o maternidad
  • o incluso la ocurrencia de incidentes de la vida cotidiana.
Pon un libro en tu vida: Vivir con estrés, de Verónica Morín, editado por Barker Books.

Cuando el trabajo se convierte en una carga con riesgos para la salud física y mental

El estrés afecta la estabilidad laboral que, en esta etapa, puede percibirse como la fuente de una vida satisfactoria, pues proporciona mayor seguridad económica, integración social y la oportunidad para establecer relaciones y redes de apoyo social.

Al disponer de seguridad económica, el individuo garantiza la posibilidad de crear y mantener una familia, o lograr la independencia de su vida.

Sin embargo, el miedo a perder el trabajo puede causar una situación de constante preocupación, sobre todo cuando el rendimiento no alcanza niveles satisfactorios.

De ahí que los eventos estresantes se incrementen y el trabajo pueda significar una carga que indispone leve o crónicamente el bienestar integral, induciendo problemas de mayor gravedad tales como los trastornos gástricos o depresión (Mingote, Gálvez, Pino y Gutiérrez, 2009).

En la adultez se pueden identificar casos de trastornos depresivos, inducidos por el estrés crónico, con el riesgo de sufrir afecciones de salud derivadas que se incrementan en esta etapa vital.
Estrés en el adulto joven (20 a 40 años) – Infografía IA.

En cuanto al afrontamiento, el estrés puede ser controlado en esta etapa de vida, mediante la capacidad reflexiva que el adulto adquiere, generalmente en la fase de la adultez emergente (Papalia, et al., 2013).

Las estrategias de afrontamiento en esta edad, pueden ser controladas o generadas a través de una reflexión sistemática del evento estresante, centrándose en el problema y evitando distracciones que únicamente aplazarán la situación.

En consecuencvia, se observa que las estrategias de afrontamiento enfocadas en las emociones, se presentan cada vez menos y dependen más bien del evento estresante en cuanto al impacto y la vitalidad del mismo.

En la práctica, es más probable que una situación estresante ocasionada por la pérdida de un ser querido, sea afrontada con un enfoque emocional, más que reflexivo; en cambio, si se trata de una situación estresante por motivos cotidianos, en este caso el afrontamiento se enfocará en el problema y la reflexión se orientará a las soluciones (Mikulic y Crespi, 2008).

La adultez joven no debería entenderse únicamente como una etapa de productividad o de logros, sino también como el período en el que se construyen hábitos que influirán en la salud durante las décadas siguientes.

Aprender a reconocer el estrés, desarrollar recursos para gestionarlo y pedir ayuda cuando sea necesario no constituye un signo de debilidad, sino una inversión en bienestar presente y futuro. Cuidar la salud mental en estos años es, probablemente, una de las decisiones más inteligentes que una persona puede tomar.

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